domingo, 19 de septiembre de 2010

Transgénicos y soberanía alimentaria

El otro día asistí a una charla bastante interesante sobre agricultura ecológica. La impartían los chicos de "Del campo a casa" y en ella hablaron de varias cosas interesantes.

La primera de ellas fue que las variedades que nos venden en los supermercados de frutas, verduras y hortalizas no son las mejores, precisamente. Hasta aquí nada nuevo, pero lo novedoso fue que hablaron del criterio elegido para la selección y cultivo de variedades. Para los supermercados y grandes centros de distribución lo más importante es que, durante un transporte que puede durar entre 2 semanas y 2 meses, el producto no sufra y llegue al destino con un buen aspecto.

Esto tiene dos problemas. El primero de ellos es que se promociona un consumo de productos cultivados a grandes distancias. Aquí consumimos fruta de Chile y nosotros producimos para mandarla a Polonia, Hungría o Rusia. La consecuencia de este tipo de consumo es que la huella de carbono de una manzana se incrementa enormemente si en lugar de traerla del huerto que tenemos a 10 kilómetros de donde vivimos la traen desde la otra punta del Atlántico.

El segundo problema es que se prima la producción de variedades no autóctonas, haciendo desaparecer las variedades locales que, aunque mucho mejor adaptadas al suelo, clima e inclemencias en las que han sido producidas durante cientos de años, tienen una piel más fina y soportan peor el transporte de largas distancias.

Además de estos dos grandes problemas, está la diferencia de coger el producto cuando está maduro y en su punto y entre cogerla 2 semanas antes y dejarla madurar en un barco o un camión, con la pérdida de nutrientes y sabor que ellos conlleva.

Otro de los aspectos de los que hablaron en la charla fueron los transgénicos. Los cultivos transgénicos son aquellos cuyas semillas han sido modificadas genéticamente para que el cultivo resultante tenga unas características concretas. Esto en principio podría parecer que es lo que se ha hecho durante años mediante selección manual de cultivos, pero hay aspectos que no son tan fáciles de ver a simple vista.

Uno de ellos es que las semillas de los transgénicos están patentadas. En el momento en el que alguien planta una manzana transgénica tiene que pagar a la compañía que lo ha patentado. Cuando alguien planta 100 hectáreas de maíz transgénico, tiene que pagar por cada hectárea una cantidad de dinero por royalties a la empresa que tienen la patente de la semilla. Incluso hay semillas no transgénicas patentadas, de forma que hay que pagar incluso por cultivar algo totalmente natural.

Imaginemos por un momento que la empresa que tiene los derechos de las semillas decide aumentar un año el precio de los royalties de manera desmesurada o incluso prohibir la distribución de productos provenientes de sus semillas. Todos aquellos agricultores que hayan plantado árboles, campos o huertos con esas semillas no podrían venderlos, con la consiguiente crisis alimentaria y económica que ello supondría. Estamos poniendo en manos de una empresa privada cuya única motivación es aumentar beneficios año tras año el sector primario de medio mundo.

El segundo problema grave de los transgénicos es que no sólo afecta a aquellos que plantan las semillas, sino a otros agricultores de la zona que tratan de cultivar y preservar variedades autóctonas. El polen del maíz tiene una vida de 24 horas. Con un viento de 60 Km/h como el que suele soplar en la ribera del Ebro, es fácil calcular el radio de posible contaminación genética que puede ocasionar este tipo de cultivos. Pero... ¿Qué es esta contaminación?

En una mazorca de maíz, cada grano se fecunda independientemente. Así, en condiciones normales, el 100% de los granos se fecundarán por el mismo tipo de maíz que está plantado en la misma parcela. Sin embargo, si parte de los granos de maíz son fecundados por polen transgénico parte de las semillas darán lugar a plantas híbridas. Con parte de las cualidades autóctonas, pero parte iguales que la variedad tranegénica (por ejemplo, una piel más dura). En el momento en el que dentro de una parcela hay una planta híbrida, esta puede fecundar gran parte de las plantas de la parcela, creando una siguiente generación de cosecha híbrida.

Lo peor de este tipo de contaminación es que acaba también con las características de las variedades locales que las han hecho sobrevivir hasta ahora y toda la variedad y herencia genética natural que ello conlleva.

Por suerte, hay buenas noticias. La primera es que estos chicos han puesto en marcha una iniciativa de cestas de productos ecológicos y variedades locales en Lérida y Zaragoza. Todo el que quiera puede pedir cestas de fruta y verdura ecológica y probar las bondades de este tipo de cultivo.

La segunda es la creación de la Red de Semillas de Aragón, donde todo el que quiera puede ir a dejar semillas y coger otras de otra gente. Es un sitio de intercambio de variedades vegetales y un gran Arca de Noe genético.

Como conclusión, os diré que yo he comenzado a mirar la procedencia de todo lo que compro para minimizar la huella de carbono de todo lo que consumo, comprar las frutas y verduras de tiendas del barrio y sólo productos producidos cerca de mi ciudad e intento siempre que pueda, comprar y consumir productos con el sello de agricultura ecológica.

ACTUALIZACIÓN (20-Sept-2011): El mismo día que escribía yo este post sobre transgénicos y soberanía alimentaria la Red de Semillas publica esta noticia: Red de Semillas insta al Gobierno Español a cambiar el modelo agricola apoyando la soberanía alimentaria y protegiendo la biodiversidad agrícola.

No hay comentarios:

Publicar un comentario